viernes 2 de marzo de 2012

CURRÍCULUM VITAE

       En lenguaje epistolar y satírico, Matías, contable de profesión, va ensalzando; en su presentación a un nuevo trabajo, las extraordinarias virtudes de los empresarios que le han ido contratando en una ya dilatada experiencia. Él se hubiera conformado con menos sueldo, pero...20 cap. y 181 folios.

Cap.01

                                                                                     Don Carlos Pérez López,
                                                                                  C I U D A D.

            Muy señor mío:        
Leído su anuncio inserto en prensa local (vaya por delante mi primer reconocimiento hacia su persona, al no haber incluido límite de edad con los tiempos que corren de estos finales de los ochenta, del presente siglo XX: el “felipismo” y su paro reinante), me dirijo a usted con el fin de remitirle “currículum” de mi vida profesional.
            A buen seguro que, cuando ojee estas líneas, si bien se toma la molestia de hacerlo, y por cuyo motivo ya le quedo profundamente agradecido, se preguntará si no estoy loco al buscar otro nuevo trabajo después de todo lo que me ha ocurrido. Créame que, en cierto modo, también lo piensa un servidor, pero, como el estómago es un cerril que no se cansa de pedir para que le dé de comer, no me queda otro remedio que remar mientras esté enganchado al carro de la existencia en este mundo.
Agregue que, cuando se está sin un duro, se hacen de tripas corazón, comprendiendo por su parte mi predisposición a comenzar de nuevo, si no quiero que los “narcos” me alisten en algo que me puede llevar a prisión, ahora que la dictadura ya cayó. Pero no le voy a robar su precioso tiempo con mis disertaciones filosóficas; aunque ellas sean producto de las muchas peripecias que me han acontecido.
Vamos, pues, al grano ya que en él se encuentra la ganancia. Las horas apremian a ambos, especialmente para mí a quien corren tantas prisas, que la barrera del sonido ya hace tiempo que la atravesaron. De manera que comenzamos.

Cap.02

DATOS PERSONALES:

            No quisiera que me tomase como plagiario si le cito, a modo de introducción a estos hechos, la mundialmente conocida frase con que comienza el incomparable “Don Quijote de La Mancha”. Un servidor sí recuerda dónde y cuándo la Naturaleza decidió quitarme la respiración, vestimenta y alimento; que tenía en el vientre de mi madre, para que lo hiciera por propia cuenta y con el también consiguiente primer berrido.
            ¡Y lo que daría por olvidarlo! No es que tenga nada contra el bendito pueblo donde fui alumbrado, el cual, como casi todos los de aquella comarca española, se compone de montículos; llanos, el riachuelo, pinos, tomillos, cereales, ganado lanar, vacuno y porcino, etc. etc.; aparte de los mala uva de siempre, si hablamos de humanos.
            Sin embargo, ¡Aún anhelaría más no recordar las penalidades que me sobrevinieron al poco de la desdichada decisión, es un decir, de lanzarme a la piscina de este pícaro mundo! Contrariedades que, a pesar de habernos distanciado un tanto con el tiempo, me persiguen cual si fueran mis consortes, a falta como estoy de una beldad que ocupe tan digno lugar; tema que requeriría atención especial, pero ya sabrá a medida que vaya leyendo lo que me ha acontecido.
            Como iba diciendo, siguiendo la tradición desde fechas que se pierden en la Prehistoria, un día de cierto mes del año 45, del presente siglo y no recuerdo si, para aquellas fechas había terminado lo que denominan II Guerra Mundial; al ya algo nutrido árbol familiar, le nació un otro vástago, un servidor, cerrándose la cuenta de los cinco descendientes que trajo nuestra progenitora al hogar. A lo que hay que agregar, creo, algún hermanastro por parte de padre.
            Ello pudo ser porque Juan, nombre que me dijeron que tenía la parte masculina de los autores de mis días, aprovechando que Rodolfo Llopis intentaba reorganizar la oposición al franquismo desde el exilio en tierras francesas, le vino de perlas tal circunstancia para irse a tomar un vino con el antiguo camarada de la malhadada contienda fratricida y no volver más siquiera para darnos un beso de despedida. O, como reza la frase popular, se fue a buscar tabaco y ya no se le ha vuelto a ver, mientras la parte femenina quedaba encinta de un servidor.
            Bueno, sí me han dicho que se presentó a una hermana de mi madre cuando ya había cumplido los 70 “tacos” y me va a perdonar si utilizo ciertos términos tan de uso en boca de la gente. El caso es que, “arrepentido por su mala conducta”, cuando nosotros ya no vivíamos en el pueblo que nos vio nacer, buscaba algo que jamás él dio: un poco de cariño y un hogar donde pasar sus últimos días.
No se atrevía, de ahí que le tache de cobardón, a enfrentarse a sus vástagos varones, el inmediatamente mayor a mi persona ya había hecho la “mili”, por si le calentábamos las costillas; pero al marido de Ascensión, mi tía, le faltó tiempo para ponerle de patitas en la calle y que se buscara la vida.
A trancas y barrancas, preguntando por aquí y por allá, dio con el pueblecito que nos había permitido salir de la penuria. Anduvo escondido unos cuantos días en un pajar (en el lugarejo ni una mala pensión existe), al cabo de los cuales, abordó a su media naranja y casi le da un susto de muerte. A los gritos de nuestra madre, acudimos y sí, le dijimos a Juan que podía venir a casa, pero para ahorcarle.
A este respecto, tuve un compañero (adelanto un poco) en el ejército, de nombre Antonio, y con quien hice buena amistad mientras estuvimos en tan sagrado menester con la Patria; el cual era hijo de madre soltera ya que su progenitor no quiso reconocerle. Pues bien, cierto día, recibió una carta del susodicho fulano y en ella le aseguraba que estaba muy arrepentido y que estaba dispuesto a corregir su mala conducta con él. ¡Ya! Lo que buscaba el gamberro era que alguien le cuidase en su vejez pues su mujer, harta de soportarle, le había echado de casa. Otro Juan, según me dijo Antonio y no quiera saber la respuesta que le dio el muchacho.
Dios le tenga en gloria, si es que ha muerto ya, y vuelvo a Juan; pues, aparte de ser bastante buscón, siempre por boca de mis parientes mayores (de mi madre jamás he conseguido una mínima información sobre este “ejemplar ciudadano”); no se le conoció otra actividad que ir engañando a todo el que podía, comenzando por Esmeralda, la otra parte del matrimonio, hija de familia medio acomodada, para continuar haciéndolo con todas aquellas otras mujeres con las que pudiera tener un rato de placer. Eso era cuando no se dedicaba a embaucar a quien pudiera timar y no dar un palo al agua, ahora que se utiliza tanto esta frase. Todo un ejemplar de persona honorable, repito, ahora que ya tenemos a Santiago Carrillo por aquí.
Ya Franco en el poder, como este Juan se había enrolado en el famoso Frente Popular; aunque intentó hacerse más franquista que el dictador, acabada la contienda, debió salir huyendo por las fechas que le he indicado. Y, claro; a fulano, de los vencedores, le apeteció nuestra vivienda (según las fuentes que le he citado, yo nací en otra muy distinta a la que me crié), a aquel otro ciertas tierras, al de más allá unos viñedos y...total, que nos quedamos en la puñetera miseria porque a mi abuelo materno sí se lo cargaron de verdad.
¿Había un misterio para que nuestra madre no hablara? ¿Le habían amenazado con nuestras vidas si abría la boca? Secretos, o posibles maquinaciones, que nunca desvelaré por causa de que ella no quiere volver a oír hablar del tema y le tengo mucho respeto, además de cariño filial; ahora que nos necesita por su edad y de lo que se encarga mi hermana, tema en el que también entraremos a su debido tiempo.
En fin, ya no tiene remedio y son cosas de la gramática parda, agarradero donde se refugian muchos gandules, Juan debió ser modelo para muchos de ellos; ahora que también murió el dictador, vuelvo a decir, para dar paso a la Democracia, ¡Bendita sea si es para bien de todos y no de unos pocos! ¡Ya veremos, señor, al paso que van las cosas del ya citado “felipismo”! No es que un servidor entienda mucho de estos tejemanejes de los políticos, pero ciertos medios de comunicación hablan y no paran sobre no sé qué del G.A.L. y corrupciones por todas partes y al por mayor.
Dejemos eso y vayamos a lo principal. Cuando ya de mayor, he leído las azarosas existencias de “LAZARILLO DE TORMES”, “EL BUSCÓN”, etc., necesitados de agudizar su ingenio para nutrir-se; sentí cierta nostalgia de no haberles tenido a mi lado para, así, poderles impartir ciertas lecciones de subsistencia que ellos jamás practicaron, salvo que sus autores no quisieran extenderse en las mismas.
Era de ver, señor, con qué facilidad armábamos una gresca, en el mercado de la plaza mayor del pueblo, con el fin de distraer al propietario (o propietaria, que eran más ellas las que los atendían), de alguno de aquellos tenderetes de frutas y verduras, en tanto que otros de la cuadrilla “adquirían” tomates, lechugas, manzanas...¡Lo que fuera, pero sin perder tiempo en pesar y...mucho menos en pagar!
¡Ejemplo de nosotros hubieran tomado, de igual modo, los aguerridos hunos, con su Atila a la cabeza, al vernos cercar un viñedo, habar; almendral, o campo donde hubiera proteínas para llevarse al estómago! Especialmente los domingos y festivos, atroz orden del dictador de guardar fiesta en el trabajo, pero no en eso de masticar y llenar el estómago. O también por culpa de esos empresarios, terratenientes en este caso, “tan espléndidos a la hora de pagar”.
Alguno de aquellos desventurados guardas, que los ricachones colocaban para salvaguardar estas propiedades, intentaba oponer resistencia a nuestro asalto, amenazándonos con su escopeta cargada con cartuchos de sal; pero era tal el aluvión de piedras que llovía sobre él, bien con tirachinas, honda o a rodeabrazo, que; deseando una sombra mejor que el famoso Leónidas, se metía, cual conejo perseguido, en su choza de ramas, preferentemente de pino, muy abundantes por dichos contornos, especialmente el piñonero.
Aun así y todo, desde muy joven, pues no pasaría de los ocho años, fui declarado apto para el trabajo. De manera que, con mi otro hermano, hubo impares y nació una chica...me explico en lo de quién cuida a nuestra madre:
De los supervivientes (uno se dio de baja a toda velocidad en cuanto se percató del panorama familiar de forma particular, y mundial en general), entre el último del primer grupo, la hembra fue la primera y con nombre de Rosa, como nuestra abuela materna, y el primer varón del segundo; es decir, nosotros dos, mediaba algo así como cinco años, tiempo en el que nuestra madre parece ser que tuvo algún aborto, además del que murió nada más nacer, y tercero de sus partos. Pues bien, ella, única hija, se encarga ahora de cuidarla.
En fin, sí que tengo otra referencia, la que contaré en su momento por la importancia que tendrá; pero, como le iba diciendo tras este pequeño paréntesis, los dos hermanos pequeños, en compañía de otros chavales, de edad y condición parecida a la nuestra, gracias a ese “fenomenal y caritativo comportamiento”, ya citado, de algunos de nuestros paisanos; alternábamos el quehacer por cuenta ajena con la iniciación al mundo de los negocios, más las ya enumeradas tropelías, siempre que se pueda llamar así al primer mandamiento natural de supervivencia que todos tenemos: comer, alimentarse y cuantos sinónimos quiera sumar.
La primera faena, a la que entrábamos cada año, enero concretamente, era ayudar a los podadores y recoger las ramas o sarmientos. En marzo y abril, la escarda por cuanto que, por aquellos años, aunque se habían descubierto los herbicidas, sólo se utilizaban en grandes propiedades. Yo no los recuerdo. En mayo, recogida de legumbres, seguida, durante junio y parte de julio, de ayuda a los segadores de hoz en la recogida de los manojos que ellos hacían para dárselos a los atadores.
Acto seguido, siéntate en un trillo para dar vueltas y vueltas, fecha sí y otra también. A continuación, tras unos días de asueto por ser el mes de agosto, échate a la espalda la recogida de almendras, la vendimia, aceituna, etc.
A partir de ahí, un pequeño descanso sin seguro de desempleo, hasta reanudar lo de la poda, con la siguiente y tremenda disyuntiva: o pasar hambre, o echar mano de esas pillerías de las que, algunas, algo así como la mitad de la punta de un iceberg, es lo que le cuento.
La segunda, o inicio al mundo de los negocios, consistía en vender hierba, esencialmente ababoles, a las pudientes amas de casa para que alimentaran a sus puercos, descartados marido e hijos, que quede claro esto. Vuelvo a explicar: Mientras los mayores descansaban tras comer a medio día, los chavales llenábamos unos grandes cestos con estas proteínas y, el día que la ruleta nos deparaba suerte, transportábamos la mercancía en el carro del amo que nos había contratado. Pero si no nos tocaba esa lotería...¡Pues un retorno al hogar, con 7 u 8 kgs. a la espalda, en un “agradable paseo de varios kms.”!
Llegados a casa, preparábamos nuestro reparto diario, hoy conocido como venta directa, a fin de distribuirlo entre nuestras clientes...(¡Qué barbaridad eso de clientas, como si no existiesen la gramática, ortografía; el artículo, adjetivos y demás componentes del idioma!) En el latín, según me enteré por otro episodio que tampoco se queda a la zaga, sí lo hacían esto de las declinaciones por carecer de artículo.
Hecho lo cual, para desgaste de grasas, acumuladas en un día de molicie, acudíamos a la escuela nocturna; más bien vespertina mientras el día era más chico que la noche, y mirarnos un poco en el espejo de la ciencia, aunque fuera para saber las cuatro reglas, como vulgarmente se dice.
De cuyo menester se ocupaba un amable vecino, conocedor de las cuatro reglas ya enumeradas, perdón si repito esto; algo de geografía e historia, las también mencionadas gramática y ortografía (de religión nada por su condición de comunista, clandestino como puede suponer usted) y muy aficionado a hacernos chichoneras con unos capones que levantaban la piel. Algo así como cierto maestro de la escuela más cercana a nuestro hogar, cabo que fue durante la dichosa contienda y que le habían colocado allí en pago de sus servicios.
Otra vez volvemos al tema de la política y qué le vamos a hacer si así ocurrió. Al fin y al cabo, a cierto escritor, que había estado del lado del dictador durante el enfrentamiento, le concedieron un premio nacional por una novela que más parece capítulo y medio de cualquier narración digna.
Pero, como sería prolijo discurrir por sendas que nos separan del camino principal, sólo voy a añadir que, gracias al tesón de nuestra madre, Dios la tenga muchos años entre nosotros; con Tomás, o nombre del hermano que vino al mundo dos años antes que yo, pudimos  comenzar y terminar el bachillerato elemental, no dejando de trabajar por ello; sino que, como solamente nos pagaban libros y matrícula en el instituto del pueblo, de unos 12.000 habitantes...
El resto se lo puede imaginar, señor, porque comíamos, vestíamos, calzábamos y demás necesidades; aunque fuera de forma precaria, o dejando de ver las películas que echaban en las salas de cine del lugar. Acabado éste, mi tato no, creí oportuno adelantar mi cumplimiento con el deber Patrio y así lo hice cuando apenas cumplí los 18 años.
Cierto día...mejor vamos a ir por la vía recta y no dejarme llevar por las prisas ya que son malas consejeras, según dicen. Coincidente con mi marcha para esto de cumplir con el deber patrio, Rosa, de la que se enamoró cierto joven de estas tierras y se dieron el sí matrimonial, viniéndose ambos para aquí, no paraba de ensalzar las virtudes de las mismas.
Es decir, que gozaríamos de abundante trabajo y no tener que salir a la plaza con el fin ver quién te contrataba para el jornal del día, sino que no nos faltaría, halagos que animaron al resto de miembros; Esmeralda incluida, y emprendieron el viaje de nunca volver ya que vieron el Cielo abierto en cuanto arribaron y se colocaron de inmediato. De manera que, acabado mi compromiso con el ejército, me incorporé yo también.
Bueno, íbamos porque, transcurridos varios meses de vida castrense y por distraerme un tanto de la tediosa vida de un cuartel, cuando no se dispone de una peseta para ir al cine, o tomar un chato de vino; me puse a ojear un libro que otro compañero me dejó, el cual trataba de contabilidad.
¡Me caló hondo su comienzo, muy hondo, como si fuera lo que yo estuviera buscando para ganarme los garbanzos y abandonar la vida en el campo de una puñetera vez! ¡Como si fuera la vocación de mi existencia, vamos! De forma que, a las pocas semanas, echando mano de mis recursos (guardias, siempre los adinerados de por medio y agregue usted lo que quiera), aparte de ciertas cantidades que mi progenitora me hacía llegar, me lancé a al océano de tal materia.
Era natural porque, con la nueva existencia emprendida aquí, ella ya podía permitirse continuar con tales dispendios y sin tener que ir a limpiar las porquerías; las que, en nuestro pueblo, sí era de las “amas”, sus consortes y resto de familia.
De forma que, entre unas cosas y otras, me matriculaba en una de esas academias especializadas en este tipo de enseñanza, obteniendo un “quintomesino”...¡Lo afirmo con toda rotundidad y consecuencias! Porque, a los cinco meses de concebir aquella idea, parí mi anhelado diploma; pero...¡Qué cinco meses, señor! ¡Qué cinco meses! ¡Cuántos quebraderos de cabeza me proporcionó aquel retoño! ¡Eso de lanzarte al vacío de aprender sin casi disponer de un paracaídas monetario...!
Pero no acabó ahí todo ya que, predispuesto a ganarme el sustento con esta nueva profesión, olvidar todo el jaleo de podas y clientes de ababoles, por mi cuenta y riesgo, no vaya a ser que conociese un profesor que me pudiera asustar (bueno, sí tuve uno en contabilidad y de los del bachillerato ya ni me acordaba); sobre mi recién aprendida profesión, y por todo lo alto ya que, comprados pocos, prestados los más, o como fuera, me enfrenté a los sesudos textos estadounidenses; alemanes y franceses principalmente, aparte de algunos de la universidad de Deusto...¡Ahí era nada vértelas con esos autores!
Al llevar ya un tiempo en el pueblecito donde contrajo matrimonio mi hermana...otro parón en mis ganas de entrar en lo que yo quiero, mi vida profesional, para hacerle sabedor de que en el mismo continúa ella con su familia, mi madre; más otro de los varones, Francisco, también en feliz convivencia con su costilla y padre de otros dos querubes, en tanto que Tomás se gana la vida por esos mundos de Dios.
Quiero decir que se sacó el permiso de conducir, categoría especial, y se encuentra en el extranjero, concretamente en Alemania, transportando viajeros de un sitio para otro. También me consta por fotos que nos ha enviado, está casado con una preciosa chica de aquella gran nación y tienen tres preciosos descendientes. De ahí mi aseveración que está bien cuidada nuestra madre. ¿Qué hija no lo hace con la autora de sus días?
Y más todavía porque mi cuñado, hijo único, es poseedor de una buena herencia en el principal cultivo de estos contornos ya que, aunque capital de provincia, en ésta también se dedican mucho a ello: los olivos y viñedo en tierras de secano, mientras a las cerezas en regadío. Y claro, para atender a los distintos temporeros que acuden pues Rosa debe dedicar mucho tiempo en la cocina y nuestra madre cuida de su prole.
Es cierto que falta un cuarto hermano, el segundo del matrimonio y de nombre Juan como nuestro progenitor. ¡Mejor que no me acuerde de él y no le explico otra cosa que debió heredar los genes de su tocayo! Por las últimas noticias que tengo, las madres son siempre así y mi hermana lo es, “se gana la vida con cosas casi innombrables”. ¿Contrabando e inconfesables tejemanejes? ¡Mejor no acordarse, repito!
Hecha esta otra salvedad, y ruego que me disculpe si me extiendo demasiado, pude acometer aprendizaje de mecanografía, gracias a la inestimable ayuda del secretario del Ayuntamiento de aquel caserío, de unos 500 habitantes. Gran caballero este hombre pues, viéndome despabiladillo y con ganas de seguir creciendo en mis conocimientos, se aprestó a pasarme los suyos, que no eran pocos precisamente.
También, y en honor a la verdad, lo hizo para no aburrirse en aquel lugarejo de tan pocas horas de trabajo para él, al tiempo que satisfacía su ego de contribuir a mi instrucción; pero que a un servidor le vino que ni pintiparado tal predisposición suya, aunque fatigas no volvieron a faltar.
Porque, tras una agotadora jornada en labores agrícolas, encerrarse en aumentar datos sobre francés y el tema de las declinaciones del latín, dado que le excitaban estos idiomas y del inglés tan apenas se hablaba; los ya citados textos sobre contabilidad superior, o historia (materia que a él le apasionaba saber cuántas veces le habían roto las tripas a un cerro determinado en las interminables guerras, bien en nuestro amado país, bien en cualquiera; o qué hazañas había llevado a cabo tal general, rey, emperador, etc.), había que echarle arrestos, u otras cosas que no cito, para sacarlo adelante.
Hecha esta otra aclaración, que creo oportuna para que no crea que puede contratar a un berzas, sigo y digo que, tocando ya con la mano mi aprendizaje de mecanografía con la vieja y negra “olivetti”; también propiedad de mi mecenas, UN GRAN SEÑOR, con mayúsculas (jamás quiso cobrar nada, excepción de que le pasase algún trabajillo cuando ya comenzaba a teclear con soltura), se presentó en casa un individuo, a quien apodábamos el “industrial” por ser el único de la comarca con un negocio ajeno a la agricultura y sus derivados.
Su empresa se dedicaba a...¡Para qué voy a adelantar acontecimientos, si fue con él con quien comencé mi vida profesional, la que ya paso a contarle sin dilación!

Cap.07

PRIMERA PARTE: EN MODO MENOR.
                        Continuación.

            Resumiendo el embrollo de la inmobiliaria, al no disponer de capital líquido para el inmediato levantamiento de un edificio y su correspondiente venta de pisos, acudieron al, por aquellos días, un banco de los más importantes de España, El Banco Hispano; sito en tal calle (podemos poner la que usted quiera de ésta), con el fin de conseguir el primer préstamo bancario.
¡Sí, sí, que si no avalaba el pez gordo, es decir, el vicepresidente, nanay de la China! Con lo cual, Rodríguez, el vicepresidente (Sebastián no me dio ni un solo nombre real) se negó a tal cosa y allí se quedaron los solares para volver a venderlos y deshacer la empresa.
En cuanto a la financiera, ocurrieron dos importantísimas cosas: Primera. Como ya habíamos votado la Ley Orgánica, según ya le he anticipado, la que permitiría que D. Juan Carlos pudiera suceder al dictador; el amigo Gálvez se había hecho militante del Partido Socialista, todavía en la clandestinidad, claro; paradoja completa por cuanto no se entiende que un empresario se decida por pertenecer a las izquierdas. ¿Comenzó ya la corrupción política, ésa que, luego, se extendió en el fenómeno al que se le denomina “felipismo”?
Ya sabemos que el propio Cicerón, en sus “Catilinarias”, u otros autores de la antigüedad, denunciaban este tipo de sucio comportamiento en los gramáticos pardos. Le recuerdo, señor, que aquel secretario del Ayuntamiento de la pedanía, quieras que no, me metió el gusanillo de la lectura; aparte de mis conocimientos por la adquisición del bachillerato, con lo que  alguna cosilla se me va quedando.
Con lo cual, comenzó a presentar al consejo rector para la concesión de préstamos, en el que Sebastián acudía, de igual modo, con voz y sin voto; a una serie de amigotes, casi todos procedentes de las llamadas “izquierdas”, si bien eran de pueblos colindantes al suyo, cuando no familiares.
-Un caso en concreto, para que veas hasta dónde llega su no aptitud para este tipo de negocios- Me dijo Sebastián después de que nos sirvieran un café, un servidor no le gusta demasiado el alcohol, y encendido el enésimo cigarrillo, en la segunda o tercera tarde de sus lamentaciones- Hace un año, se empeñó en que deberíamos prestarle tres millones de pesetas a una señora, y su querido; dinero que esta pareja emplearía en pagar una hipoteca que tenía con cierta caja de ahorros. La entidad financiera estaba a punto de subastarles un precioso chalé que esta mujer tiene en una determinada calle de la ciudad.
-Bueno, supongo que este tipo de negocios, cierto que existe un riesgo bastante acusado, es precisamente para eso, para solventar ciertos chanchullos- Quise justificar al sabueso.
-Sí, pero no con letras a un año vista, es decir, tres con vencimiento de la primera a un año; la segunda dos meses después y la tercera otros dos meses después de la segunda- Fue la nostálgica respuesta de Sebastián- Ha llegado el vencimiento y, como yo me temía, cosa que expuse claramente en el consejo; una tras otra, nos han devuelto todas ellas y amenazado con llevarnos a los tribunales por intereses abusivos.
-¿Y qué?- Me encogí de hombros.
-Pues que el accionista mayoritario se ha cansado de tantas tonterías y apercibe, a su vez, con llevarse su dinero y avales; dado que para la financiera sí realizó unos depósitos de garantía con el mencionado banco.
Para no cansarle en nuevos tecnicismos, caí en la cuenta de que la otra tarjeta, la segunda que me dieron para presentarme, era precisamente esta financiera. De modo que pregunté a Sebastián un tanto circunspecto:
-¿Ese chalet lo tiene esa señora, o ya lo ha vendido?
-Todavía no hemos llevado a cabo ninguna pesquisa- Respondió él un tanto avergonzado por mi inoportuna pregunta.
-Pues, hombre, es lo primero que deberías hacer- Contesté abruptamente y le eché un sermón de padre y muy señor mío.
Mas volviendo a mis andanzas en la nueva empresa, dejemos a este Sebastián por cuanto supuse que no le iba a ser difícil hallar cobijo donde ganarse el pan de cada día con su carrera; aunque ya le iré contando otras cosas de este personaje por lo que me sucedió gracias a ciertos acontecimientos en los que me vi implicado de forma directa, indirecta y perifrástica. Por eso le digo que yo nací para tonto y no ando errado.
En fin, como le iba diciendo, ¡Más hubiera valido que mis subordinados enfocasen sus miradas hacia mi cogote! Apenas transcurridos dos días, al levantar un instante la mirada de mis papeles y poder ojear su labor, ¡Dos rayos de luz atravesaron limpiamente el espacio que nos separaba y ya no veía otra cosa que su resplandor, extraordinariamente avalado por dos nardos situados a menos de cuatro dedos de aquellas gemas!
Era morena, pelo negro como el pecado y recogido en una trenza que serpenteaba desde la nuca para asomar, incitante, sobre el pecho y descansar sobre su seno izquierdo. Amplia frente, esos ojos esmeralda de mi perdición y cuya propietaria los tenía ocupados, en ese preciso momento, en lanzarme sus tentadoras insinuaciones de voluptuosas promesas. Sonrisa sensual, la que dejaba al descubierto sus marfileños dientes, valga lo sobrado de la frase, todo ayudado de unos labios, los nardos, que invitaban a besarlos eternamente.
¡Ay, madre, qué mareo comenzaba a apoderarse de mí! Porque, para colmo, por su posición de hallarse escribiendo a máquina en una de aquellas mesas de ruedas y cuatro barrotes cilíndricos que sujetaban el soporte de la misma, ¡Asomaban dos piernas con tal ansia de libertad que, siendo un servidor el más severo juez de todos lo tiempos, mientras ellas las mayores criminales de las Historia, las hubiera absuelto!
¡Qué bonitas las tenía, la puñetera, disimuladamente tapadas con una más que provocativa minifalda y qué misterios encierra la estancia en este mundo! ¡Ahora, año y poco más después del caso Aldonza Lorenzo, sí estaba dispuesto a sacrificarme y pasar por parroquia, imprescindible requisito en los tiempos de la dictadura (ya lo hemos visto líneas anteriores), con tal de compartir mesa, mantel; lecho, y lo que Dios a bien tuviera, como la descendencia, con tal de conservar aquella inexplicable e inenarrable mirada de la divina!
La verdad, señor, se me nubló todo y anduve toda la mañana en un subir y bajar de ellas al cabello, retorno a las mismas; pero sin dejar las esmeraldas de sus ojos, nardos, cuello, para...¡Comenzar de nuevo! ¡Toda la mañana, toda la tarde y bastantes días, de los que no recuerdo cuántos fueron!
 Intentaba, no sin gran esfuerzo, que mi cerebro permaneciera en su labor, pero él, cual obedeciendo a un resorte de incalculables fuerzas, se encaramaba por los riscos de la insubordinación; a fin de que pudiera contemplar a aquel ángel, o demonio, pues ya no sabía qué era aquella beldad, digna ella de los pinceles de afamados pintores, también para que un escultor utilizase los materiales propios de ellos, o el mismísimo Creador la tomase como obra maestra de su Creación.
Con este sube y baja, por supuesto que no quiero remedar a la famosa película del genial Cantinflas, la eficacia en mi tarea comenzó a trazar una línea descendente y preocupante por el temible finiquito, a pesar de que don Felipe aún no me había lanzado la feudal amenaza: “¡En mi negocio no quiero gandules!” Expresión tan repetida por “el industrial”.
¡Me llamaba bobo y estúpido que, habiendo tantas y tan bellas muchachas en la ciudad, o en España mismo por no dar la vuelta al mundo entero, me había ido a pegar de narices con una que podía comprometer mi futuro, tan halagüeño como se me presentaba en aquella empresa! Intentaba imaginármela sosa, fea y greñuda, ¡Pero siempre se tornaba terriblemente hermosa, ya la vistiera de bruja, o del mismísimo Satanás! ¡Me daba igual! Ciego y borracho de pasión, ¡o qué sé yo!, decidí jurarle que la llevaría ante el altar.
Para cumplir tan peliaguda determinación, me vino que ni pintiparado el hecho de que, una de aquellas tardes y pasadas unas tres semanas de indecible sufrimiento; el director de ventas cumplía años y nos invitó a una consumición, una vez acabada la jornada del día.
Acudimos a un bar cercano y donde solíamos tomar café con mucha frecuencia, le cantamos el feliz cumpleaños acostumbrado y D. Felipe nos obsequia con otra, a la que, por obligación de cortesía, nos fuimos uniendo los demás en eso de rascarnos el bolsillo y por los bares de varias calles. Total, que pillamos, o al menos el que le está escribiendo, si no una merluza, sí una pescadilla de más que regular tamaño.
En las circunstancias en que el alcohol nos envalentona, un servidor que se arranca, a lo miura y vitorinos juntos, hacia la moza de mis desvelos, lanzándole unos requiebros que hubieran enardecido a los románticos del siglo XIX; el gerente que me hace un quite al tomarla por la cintura y manchaba con sus asquerosos labios aquellos nardos de mi perdición.
Ella que me atiza un puyazo, aceptando, más que de buen grado, los galanteos del calvorota; al tiempo que ofrecían un gratuito y tan bochornoso espectáculo, que se me partió el corazón en mil pedazos.
Y como era de esperar, ante tan deshonrosa infamia, vileza y humillación a mi virilidad, se me sube la sangre a la cabeza, el brazo con ella y le propino un soberbio guantazo a D. Felipe. Un compañero, quizás en las mismas circunstancias que yo, que sale en su defensa y me lanza un directo que, al esquivarlo yo (¡No me quedaban recursos de mis experiencias infantiles, que se diga!); se estrella en el mentón de un tranquilo parroquiano, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.
El golpeado, de fuerte complexión, que proyecta un cañonazo enviando al defensor a la región inconsciente de los sueños y le quita las ganas de seguir en la pelea. El propio Felipe, nada de don, que me aporrea y ya todos entramos en descomunal batalla, muy semejante a esos tumultos que hemos presenciado en las películas, especialmente las “DEL OESTE”, dando lugar a que el dueño de aquel establecimiento llamara a la policía.
Apiñados como ejército en descalabro y apaciguamos nuestros ardores bélicos, fuimos conducidos a la comisaría más cercana. Bueno, derrotados sí, pero hundidos no ya que, a los sones del imperecedero, “Asturias, Patria querida” (espero que los buenos astures me perdonen, pero ignoro el porqué esta tan bonita canción se ha convertido en el himno preferido de los beodos); dirigida la desorquestada orquesta por el propio dedo del gerente, desembocamos en las dependencias del santuario del orden público; aunque también es de reconocer que nuestro paso no sería muy marcial, supongo.
Pero el oficial de turno, al vernos entrar de esta manera, se enfrenta directamente con el mandamás diciéndole- ¿De nuevo por aquí, amigo Felipe?
-¿Es que me conoces?- Perdone, pero su voz me pareció un tanto estropajosa, por lo que su pronunciación distaba mucho de lo que yo escribo.
-¿Tan bebido llegas esta noche que no sabes quién soy?- El jefe policial, un tanto circunspecto.
-¡Ah, sí, tú eres mi vecino de rellano!- Expresa Felipe como iluminado de repente por algún misterio celestial, aunque más bien se debió a que se acercó hasta los mismísimos bigotes del oficial; los que sí se parecían a los del famoso general ya citado en líneas precedentes. De manera que reconocido, se vuelve hacia nosotros y hace los honores diciéndonos- Aquí, un caballero y amigo para lo que gustéis.
-Eso es, Felipe, soy tu vecino, ¡No sólo de rellano, sino puerta con puerta!- El policía sin tener en cuenta los cargados tonos, www.tintatintogüisquicubata.com, ahora que ya pululan los ordenadores- Así es, amigo y vecino, pero además de esa insignificante circunstancia, ¡Hoy es jueves, coincidente con la tercera tarde-noche que te traen esta misma semana por alterar el orden público!
Se tomó un respiro en su sermón admonitorio, le miró un tanto despreciativo y prosiguió- ¡Y cómo no, con tu inseparable y nunca bien comparada Conchita!
Esta última aseveración me debió despejar un tanto de la modorra, quizás por el impacto de la misma en mi mente; o también nublarla por completo ya que intenté liarme a bofetada limpia con aquel hombre “por dejar en entredicho la buena reputación del sueño de mi vida”; pero, en éstas, oigo que el oficial, una vez dada orden para que me aquietasen, se dirige de forma muy severa hacia el gerente:
-¡Que sea la última vez, Felipe, que sea la última vez! De lo contrario, me veré obligado a encerrarte por un tiempo y sin tener en cuenta nuestra vecindad.
-¡No, no, nunca más, te lo juro por lo que más quieras, Pedro! ¡Y a mi mujer ni una palabra, que sé que la tuya y ella se llevan muy bien! ¡Hazme el último favor que te pido!- Parecía ser que también a él, ante el disgustado rostro de su media naranja, que tendría en su mente de otras posibles y anteriores ocasiones, su cabeza se le había despejado bastante.
De manera que, con esta solemne promesa de Felipe, nos llegó la absolución policial; pero, en cuanto nos vimos de nuevo en la calle, retornamos al primer bar que salió a nuestro paso con intención de celebrar...¡Pues que era jueves, por ejemplo! ¿Para qué meternos en disquisiciones filosóficas sobre el tema?
Así que, al día siguiente, mejor dicho, ese mismo día pues debí llegar a las tantas de la madrugada, con un espantoso dolor de cabeza (posiblemente fuera él el que me hiciera entreabrir los ojos); comencé a recordar los acontecimientos del desastroso cumpleaños, pero como en una especie de nebulosa.
“¡Conchita! ¿Cómo no me había percatado antes?” Me decía a mí mismo en cuanto me lavé un poco el rostro. En fin, ya no tenía remedio y, por mucho que me llamara borrico, gilí puertas, o algo más fuerte, no iba a arreglar mi situación con estos denuestos flagelativos. La situación era que, en poco menos de un año, había perdido dos empleos en ésta...¡Y lo que me costaría hallar otro!
Avalaba en mi descargo de tan anómala circunstancia el hecho de que un servidor no había sido otra cosa que víctima en ambas, no propiciador de las mismas. Tal vez en esta última sí, pero, con mi todavía casi recién estrenada juventud y ante tan preciosa mujer, ¿Quién sujetaba mi virilidad?
De bastante mala gana y náuseas como consecuencia del mucho alcohol ingerido y no tener costumbre de ello, me duché para intentar mitigar, en lo posible, la tremenda jaqueca de mi primera cogorza; comí un poco, pagué a la patrona el importe del taxi ya que ella lo había tenido que hacer, debido a que llegué a la pensión sin un real y me encaminé hacia la empresa con intención de recoger lo poco que me podría corresponder por despido procedente.
El director, con un esparadrapo en la ceja izquierda, calculo que fue mi trallazo; el ojo del mismo lado de luto, un par de hematomas en el pómulo contrario y los labios bastante hinchados, me gritó:
-¿Estas son horas de acudir al trabajo, Matías? Si no eres capaz de aguantar una copa, ¡Te aconsejo que, muy tempranito, tras  rezar el “Jesusito de mi vida”; te marches a consolar a tu patrona en su viudedad! ¿Queda claro?
-¡Y qué más da!- Respondí, encogiéndome de hombros- Para liquidar... cualquier hora es buena.
-¡No me digas que has decidido marcharte!- Sus palabras parecían reflejar susto.           
-Si ya estoy despedido...
-¿Por lo de anoche? ¡Que va, a quien le he dado la cuenta es al “tormento de tus días en el trabajo y pesadillas mientras duermes”!- Dijo él en medio de una estruendosa carcajada, seguida de otro quejido que no le iba a la zaga.
-¿A ella? ¿Por qué?- Solté con esa caballerosidad de la que siempre he hecho gala- ¡No tuvo culpa de nada! Fui yo quien comenzó todo el alboroto y...

Cap-08

PRIMERA PARTE: EN MODO MENOR.
                        Continuación.

            Resumiendo el embrollo de la inmobiliaria, al no disponer de capital líquido para el inmediato levantamiento de un edificio y su correspondiente venta de pisos, acudieron al, por aquellos días, un banco de los más importantes de España, El Banco Hispano; sito en tal calle (podemos poner la que usted quiera de ésta), con el fin de conseguir el primer préstamo bancario.
¡Sí, sí, que si no avalaba el pez gordo, es decir, el vicepresidente, nanay de la China! Con lo cual, Rodríguez, el vicepresidente (Sebastián no me dio ni un solo nombre real) se negó a tal cosa y allí se quedaron los solares para volver a venderlos y deshacer la empresa.
En cuanto a la financiera, ocurrieron dos importantísimas cosas: Primera. Como ya habíamos votado la Ley Orgánica, según ya le he anticipado, la que permitiría que D. Juan Carlos pudiera suceder al dictador; el amigo Gálvez se había hecho militante del Partido Socialista, todavía en la clandestinidad, claro; paradoja completa por cuanto no se entiende que un empresario se decida por pertenecer a las izquierdas. ¿Comenzó ya la corrupción política, ésa que, luego, se extendió en el fenómeno al que se le denomina “felipismo”?
Ya sabemos que el propio Cicerón, en sus “Catilinarias”, u otros autores de la antigüedad, denunciaban este tipo de sucio comportamiento en los gramáticos pardos. Le recuerdo, señor, que aquel secretario del Ayuntamiento de la pedanía, quieras que no, me metió el gusanillo de la lectura; aparte de mis conocimientos por la adquisición del bachillerato, con lo que  alguna cosilla se me va quedando.
Con lo cual, comenzó a presentar al consejo rector para la concesión de préstamos, en el que Sebastián acudía, de igual modo, con voz y sin voto; a una serie de amigotes, casi todos procedentes de las llamadas “izquierdas”, si bien eran de pueblos colindantes al suyo, cuando no familiares.
-Un caso en concreto, para que veas hasta dónde llega su no aptitud para este tipo de negocios- Me dijo Sebastián después de que nos sirvieran un café, un servidor no le gusta demasiado el alcohol, y encendido el enésimo cigarrillo, en la segunda o tercera tarde de sus lamentaciones- Hace un año, se empeñó en que deberíamos prestarle tres millones de pesetas a una señora, y su querido; dinero que esta pareja emplearía en pagar una hipoteca que tenía con cierta caja de ahorros. La entidad financiera estaba a punto de subastarles un precioso chalé que esta mujer tiene en una determinada calle de la ciudad.
-Bueno, supongo que este tipo de negocios, cierto que existe un riesgo bastante acusado, es precisamente para eso, para solventar ciertos chanchullos- Quise justificar al sabueso.
-Sí, pero no con letras a un año vista, es decir, tres con vencimiento de la primera a un año; la segunda dos meses después y la tercera otros dos meses después de la segunda- Fue la nostálgica respuesta de Sebastián- Ha llegado el vencimiento y, como yo me temía, cosa que expuse claramente en el consejo; una tras otra, nos han devuelto todas ellas y amenazado con llevarnos a los tribunales por intereses abusivos.
-¿Y qué?- Me encogí de hombros.
-Pues que el accionista mayoritario se ha cansado de tantas tonterías y apercibe, a su vez, con llevarse su dinero y avales; dado que para la financiera sí realizó unos depósitos de garantía con el mencionado banco.
Para no cansarle en nuevos tecnicismos, caí en la cuenta de que la otra tarjeta, la segunda que me dieron para presentarme, era precisamente esta financiera. De modo que pregunté a Sebastián un tanto circunspecto:
-¿Ese chalet lo tiene esa señora, o ya lo ha vendido?
-Todavía no hemos llevado a cabo ninguna pesquisa- Respondió él un tanto avergonzado por mi inoportuna pregunta.
-Pues, hombre, es lo primero que deberías hacer- Contesté abruptamente y le eché un sermón de padre y muy señor mío.
Mas volviendo a mis andanzas en la nueva empresa, dejemos a este Sebastián por cuanto supuse que no le iba a ser difícil hallar cobijo donde ganarse el pan de cada día con su carrera; aunque ya le iré contando otras cosas de este personaje por lo que me sucedió gracias a ciertos acontecimientos en los que me vi implicado de forma directa, indirecta y perifrástica. Por eso le digo que yo nací para tonto y no ando errado.
En fin, como le iba diciendo, ¡Más hubiera valido que mis subordinados enfocasen sus miradas hacia mi cogote! Apenas transcurridos dos días, al levantar un instante la mirada de mis papeles y poder ojear su labor, ¡Dos rayos de luz atravesaron limpiamente el espacio que nos separaba y ya no veía otra cosa que su resplandor, extraordinariamente avalado por dos nardos situados a menos de cuatro dedos de aquellas gemas!
Era morena, pelo negro como el pecado y recogido en una trenza que serpenteaba desde la nuca para asomar, incitante, sobre el pecho y descansar sobre su seno izquierdo. Amplia frente, esos ojos esmeralda de mi perdición y cuya propietaria los tenía ocupados, en ese preciso momento, en lanzarme sus tentadoras insinuaciones de voluptuosas promesas. Sonrisa sensual, la que dejaba al descubierto sus marfileños dientes, valga lo sobrado de la frase, todo ayudado de unos labios, los nardos, que invitaban a besarlos eternamente.
¡Ay, madre, qué mareo comenzaba a apoderarse de mí! Porque, para colmo, por su posición de hallarse escribiendo a máquina en una de aquellas mesas de ruedas y cuatro barrotes cilíndricos que sujetaban el soporte de la misma, ¡Asomaban dos piernas con tal ansia de libertad que, siendo un servidor el más severo juez de todos lo tiempos, mientras ellas las mayores criminales de las Historia, las hubiera absuelto!
¡Qué bonitas las tenía, la puñetera, disimuladamente tapadas con una más que provocativa minifalda y qué misterios encierra la estancia en este mundo! ¡Ahora, año y poco más después del caso Aldonza Lorenzo, sí estaba dispuesto a sacrificarme y pasar por parroquia, imprescindible requisito en los tiempos de la dictadura (ya lo hemos visto líneas anteriores), con tal de compartir mesa, mantel; lecho, y lo que Dios a bien tuviera, como la descendencia, con tal de conservar aquella inexplicable e inenarrable mirada de la divina!
La verdad, señor, se me nubló todo y anduve toda la mañana en un subir y bajar de ellas al cabello, retorno a las mismas; pero sin dejar las esmeraldas de sus ojos, nardos, cuello, para...¡Comenzar de nuevo! ¡Toda la mañana, toda la tarde y bastantes días, de los que no recuerdo cuántos fueron!
 Intentaba, no sin gran esfuerzo, que mi cerebro permaneciera en su labor, pero él, cual obedeciendo a un resorte de incalculables fuerzas, se encaramaba por los riscos de la insubordinación; a fin de que pudiera contemplar a aquel ángel, o demonio, pues ya no sabía qué era aquella beldad, digna ella de los pinceles de afamados pintores, también para que un escultor utilizase los materiales propios de ellos, o el mismísimo Creador la tomase como obra maestra de su Creación.
Con este sube y baja, por supuesto que no quiero remedar a la famosa película del genial Cantinflas, la eficacia en mi tarea comenzó a trazar una línea descendente y preocupante por el temible finiquito, a pesar de que don Felipe aún no me había lanzado la feudal amenaza: “¡En mi negocio no quiero gandules!” Expresión tan repetida por “el industrial”.
¡Me llamaba bobo y estúpido que, habiendo tantas y tan bellas muchachas en la ciudad, o en España mismo por no dar la vuelta al mundo entero, me había ido a pegar de narices con una que podía comprometer mi futuro, tan halagüeño como se me presentaba en aquella empresa! Intentaba imaginármela sosa, fea y greñuda, ¡Pero siempre se tornaba terriblemente hermosa, ya la vistiera de bruja, o del mismísimo Satanás! ¡Me daba igual! Ciego y borracho de pasión, ¡o qué sé yo!, decidí jurarle que la llevaría ante el altar.
Para cumplir tan peliaguda determinación, me vino que ni pintiparado el hecho de que, una de aquellas tardes y pasadas unas tres semanas de indecible sufrimiento; el director de ventas cumplía años y nos invitó a una consumición, una vez acabada la jornada del día.
Acudimos a un bar cercano y donde solíamos tomar café con mucha frecuencia, le cantamos el feliz cumpleaños acostumbrado y D. Felipe nos obsequia con otra, a la que, por obligación de cortesía, nos fuimos uniendo los demás en eso de rascarnos el bolsillo y por los bares de varias calles. Total, que pillamos, o al menos el que le está escribiendo, si no una merluza, sí una pescadilla de más que regular tamaño.
En las circunstancias en que el alcohol nos envalentona, un servidor que se arranca, a lo miura y vitorinos juntos, hacia la moza de mis desvelos, lanzándole unos requiebros que hubieran enardecido a los románticos del siglo XIX; el gerente que me hace un quite al tomarla por la cintura y manchaba con sus asquerosos labios aquellos nardos de mi perdición.
Ella que me atiza un puyazo, aceptando, más que de buen grado, los galanteos del calvorota; al tiempo que ofrecían un gratuito y tan bochornoso espectáculo, que se me partió el corazón en mil pedazos.
Y como era de esperar, ante tan deshonrosa infamia, vileza y humillación a mi virilidad, se me sube la sangre a la cabeza, el brazo con ella y le propino un soberbio guantazo a D. Felipe. Un compañero, quizás en las mismas circunstancias que yo, que sale en su defensa y me lanza un directo que, al esquivarlo yo (¡No me quedaban recursos de mis experiencias infantiles, que se diga!); se estrella en el mentón de un tranquilo parroquiano, ajeno a todo lo que estaba ocurriendo.
El golpeado, de fuerte complexión, que proyecta un cañonazo enviando al defensor a la región inconsciente de los sueños y le quita las ganas de seguir en la pelea. El propio Felipe, nada de don, que me aporrea y ya todos entramos en descomunal batalla, muy semejante a esos tumultos que hemos presenciado en las películas, especialmente las “DEL OESTE”, dando lugar a que el dueño de aquel establecimiento llamara a la policía.
Apiñados como ejército en descalabro y apaciguamos nuestros ardores bélicos, fuimos conducidos a la comisaría más cercana. Bueno, derrotados sí, pero hundidos no ya que, a los sones del imperecedero, “Asturias, Patria querida” (espero que los buenos astures me perdonen, pero ignoro el porqué esta tan bonita canción se ha convertido en el himno preferido de los beodos); dirigida la desorquestada orquesta por el propio dedo del gerente, desembocamos en las dependencias del santuario del orden público; aunque también es de reconocer que nuestro paso no sería muy marcial, supongo.
Pero el oficial de turno, al vernos entrar de esta manera, se enfrenta directamente con el mandamás diciéndole- ¿De nuevo por aquí, amigo Felipe?
-¿Es que me conoces?- Perdone, pero su voz me pareció un tanto estropajosa, por lo que su pronunciación distaba mucho de lo que yo escribo.
-¿Tan bebido llegas esta noche que no sabes quién soy?- El jefe policial, un tanto circunspecto.
-¡Ah, sí, tú eres mi vecino de rellano!- Expresa Felipe como iluminado de repente por algún misterio celestial, aunque más bien se debió a que se acercó hasta los mismísimos bigotes del oficial; los que sí se parecían a los del famoso general ya citado en líneas precedentes. De manera que reconocido, se vuelve hacia nosotros y hace los honores diciéndonos- Aquí, un caballero y amigo para lo que gustéis.
-Eso es, Felipe, soy tu vecino, ¡No sólo de rellano, sino puerta con puerta!- El policía sin tener en cuenta los cargados tonos, www.tintatintogüisquicubata.com, ahora que ya pululan los ordenadores- Así es, amigo y vecino, pero además de esa insignificante circunstancia, ¡Hoy es jueves, coincidente con la tercera tarde-noche que te traen esta misma semana por alterar el orden público!
Se tomó un respiro en su sermón admonitorio, le miró un tanto despreciativo y prosiguió- ¡Y cómo no, con tu inseparable y nunca bien comparada Conchita!
Esta última aseveración me debió despejar un tanto de la modorra, quizás por el impacto de la misma en mi mente; o también nublarla por completo ya que intenté liarme a bofetada limpia con aquel hombre “por dejar en entredicho la buena reputación del sueño de mi vida”; pero, en éstas, oigo que el oficial, una vez dada orden para que me aquietasen, se dirige de forma muy severa hacia el gerente:
-¡Que sea la última vez, Felipe, que sea la última vez! De lo contrario, me veré obligado a encerrarte por un tiempo y sin tener en cuenta nuestra vecindad.
-¡No, no, nunca más, te lo juro por lo que más quieras, Pedro! ¡Y a mi mujer ni una palabra, que sé que la tuya y ella se llevan muy bien! ¡Hazme el último favor que te pido!- Parecía ser que también a él, ante el disgustado rostro de su media naranja, que tendría en su mente de otras posibles y anteriores ocasiones, su cabeza se le había despejado bastante.
De manera que, con esta solemne promesa de Felipe, nos llegó la absolución policial; pero, en cuanto nos vimos de nuevo en la calle, retornamos al primer bar que salió a nuestro paso con intención de celebrar...¡Pues que era jueves, por ejemplo! ¿Para qué meternos en disquisiciones filosóficas sobre el tema?
Así que, al día siguiente, mejor dicho, ese mismo día pues debí llegar a las tantas de la madrugada, con un espantoso dolor de cabeza (posiblemente fuera él el que me hiciera entreabrir los ojos); comencé a recordar los acontecimientos del desastroso cumpleaños, pero como en una especie de nebulosa.
“¡Conchita! ¿Cómo no me había percatado antes?” Me decía a mí mismo en cuanto me lavé un poco el rostro. En fin, ya no tenía remedio y, por mucho que me llamara borrico, gilí puertas, o algo más fuerte, no iba a arreglar mi situación con estos denuestos flagelativos. La situación era que, en poco menos de un año, había perdido dos empleos en ésta...¡Y lo que me costaría hallar otro!
Avalaba en mi descargo de tan anómala circunstancia el hecho de que un servidor no había sido otra cosa que víctima en ambas, no propiciador de las mismas. Tal vez en esta última sí, pero, con mi todavía casi recién estrenada juventud y ante tan preciosa mujer, ¿Quién sujetaba mi virilidad?
De bastante mala gana y náuseas como consecuencia del mucho alcohol ingerido y no tener costumbre de ello, me duché para intentar mitigar, en lo posible, la tremenda jaqueca de mi primera cogorza; comí un poco, pagué a la patrona el importe del taxi ya que ella lo había tenido que hacer, debido a que llegué a la pensión sin un real y me encaminé hacia la empresa con intención de recoger lo poco que me podría corresponder por despido procedente.
El director, con un esparadrapo en la ceja izquierda, calculo que fue mi trallazo; el ojo del mismo lado de luto, un par de hematomas en el pómulo contrario y los labios bastante hinchados, me gritó:
-¿Estas son horas de acudir al trabajo, Matías? Si no eres capaz de aguantar una copa, ¡Te aconsejo que, muy tempranito, tras  rezar el “Jesusito de mi vida”; te marches a consolar a tu patrona en su viudedad! ¿Queda claro?
-¡Y qué más da!- Respondí, encogiéndome de hombros- Para liquidar... cualquier hora es buena.
-¡No me digas que has decidido marcharte!- Sus palabras parecían reflejar susto.           
-Si ya estoy despedido...
-¿Por lo de anoche? ¡Que va, a quien le he dado la cuenta es al “tormento de tus días en el trabajo y pesadillas mientras duermes”!- Dijo él en medio de una estruendosa carcajada, seguida de otro quejido que no le iba a la zaga.
-¿A ella? ¿Por qué?- Solté con esa caballerosidad de la que siempre he hecho gala- ¡No tuvo culpa de nada! Fui yo quien comenzó todo el alboroto y...

EN FAMILIA

       Inspirada en los famosos hermanamientos de ciudades y pueblos españoles con franceses, esencialmente; Anacleto narra las peripecias que le ocurrieron al contraer matrimonio con una muchacha de otro pueblo colindante al suyo. Son 18 capítulos y 158 folios.

LANZA Y ESCUDO

        Inspirada en la renombrada película, “LA GUERRA DE LAS GALAXIAS”, se cuentan las peripecias; aventuras y desventuras de unos extraplanetarios. La diferencia con el film es que nuestros personajes, sobre temas bélicos, desconocen qué es un vulgar cuchillo para pelar patatas. O sea, nada de nada; aunque en tecnología estaban tan avanzados que utilizaban la energía de los astros para sus naves y enseres domésticos. En estilo puramente cervantino, tiene 36 capítulos y unas 280 páginas.